sábado, 14 de outubro de 2017

O Tietê


De tarde, quando o sol poucos brilhos expande,

Sozinho, a meditar em tanto não sei quê,

Tomo o rumo da Luz, vou até á Ponte Grande,

A fim de conversar com o meu velho Tietê...

 

A cabeça recosto, e, por cima da grade,

Vejo as aguas em todo o seu largo trajeto;

Então, ele me conta a história da Cidade,

Como um velho guerreiro a distrair o neto...

 

Cofiando lentamente a barba de cem anos,

O bom velho me conta essa história, e também

Fala do tempo de hoje e dos seus desenganos,

Mas não fica zangado e não xinga ninguém.

 

Refere-se ás Monções que ele, soberbamente,

Tantas vezes levou, na faina das conquistas,

Escutando pulsar o coração valente

Daquela geração de valentes paulistas!

 

Tempo em que, num tropel, num bizarro alvoroço

De armas e embarcações, como agora não ha,

Partiu para o sertão, rumo de Matogrosso,

Paschoal Moreira, fundador de Cuiabá.

 

E a Cidade crescia. Ora os pais em que pensam?

Ele vendo-a crescer, dava-lhe mais ternura,

Quando a filha jovial vinha pedir-lhe a bênção;

Mas agora cresceu; nunca mais o procura!

 

E por isso, arrastando o lamento das aguas,

De parcel em parcel, de cachão em cachão,

Vai levando no seio outro rio de mágoas,

Ao qual não sobre doura a espuma da ilusão.

 

Meu ingênuo Tietê! o progresso o apavora!

Por toda a parte vê traves e encanamento,

 E, por isso, a tremer, todo nervoso, implora

Que lhe não vão tapar o azul do firmamento !

 

Que importa a ingratidão da Cidade querida,

Que, de longe, lhe mostra os altivos torreões?

Enquanto ele tiver uma gota de vida

Ha de beijar-lhe os pés, cheio de comoções!

 

Tem saudades também o desditoso Rio!

E então a sua voz é de cortar rochedo,

Quando, quase a chorar, num longo murmúrio,

Começa a recitar Alvares de Azevedo I

 

Muitas vezes aqui, sob a calma divina

De um divino luar, cândido como um véu,

Castro Alves, levantando a cabeça leonina,

Se punha a interpelar as estrelas do céu!

 

Mas agora só escuta uma horrenda algarvia,

No bárbaro vozeio dos bandos invasores.

Oh tempos de Albuquerque! oh pobreza e alegria,

Quando Piratininga era um cabaz de flores!

 

Então, remos ao léu, descia a serenata,

Em macio langor, em macio langor...

E uma voz de mulher, como um jorro de prata,

Espalhava no ambiente um queixume de amor.

 

A' margem da corrente, uma gostosa sombra

Descia dos bambus, arqueados de indolência ;

E dois noivos, ali, na doçura da alfombra,

Abriam a alma em flor, como um vidro de essência.

 

Antes nunca deixasse o veio transparente

Em que um dia nasceu e até hoje bem diz !

Ah corrente fatal! Ah teimosa corrente,

Que o fez grande de mais para ser infeliz!

Os bandeirantes

Batista Cepelos (1906)









terça-feira, 10 de outubro de 2017

Después del almuerzo - Julio Cortázar


Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.

Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.

Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.

-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.

Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.

Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.

Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.

A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento. «Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.

Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.

Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.

A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.

Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darles manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.

No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.

No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez… No era fácil, pero a lo mejor… Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara.

Tradutores Literários, Precisam-se


Quase todos os editores têm na sala onde trabalham uma estante repleta para onde relanceiam às vezes um olhar inquieto. São as traduções «encalhadas» à espera de uma revisão que as torne publicáveis.
Resultaram de pedidos feitos a embaixadas para indicarem tradutores do sueco, japonês ou persa e que, apesar dos muitos anos no nosso país, produziram textos num português tão fluente como o dos manuais de aspiradores chineses.
Mas mesmo quando se teve a precaução de pedir a tradução a alguém que tem o português como língua materna, há catástrofes difíceis de corrigir, traduções do inglês, francês, castelhano ou alemão que passam ao lado, em que onde devia surgir «pálido» está «esbatido» e «furtivo» é confundido com «esquivo». E há também expressões idiomáticas tomadas à letra e alguém desastrado (fingers and thumbs) surge «inesperadamente» como tendo «dedos e polegares».
Encontrar um tradutor que tenha, para usar a expressão de Umberto Eco, uma «apaixonada cumplicidade» com o livro que traduz, é quase tão importante como descobrir um novo autor. E mais raro, já que os escritores vêm de qualquer parte do mundo e é difícil encontrar um bom tradutor que não tenha a língua materna como «língua de chegada» (embora não impossível, como o mostram as obras em inglês do russo Nabokov e do polaco Conrad).

Transportar água nas mãos
A tradução entre duas línguas naturais – falamos aqui apenas da literária – consiste em reproduzir um dado efeito emocional e intelectual, através de símbolos de uma outra língua. É, como diz Octavio Paz, «a arte da analogia, a arte das correspondências».
Como se pode constatar, usando um programa de tradução automática de português para alemão e desta língua de novo para a nossa, é um processo que nada tem de mecânico. Podemos fazer o teste com o início de Húmus ou um fragmento do Livro do Desassossego que o resultado é o mesmo, a incongruência. O dicionário e mesmo a enciclopédia são apenas pontos de partida, sendo decisivos a capacidade de contextualizar enunciados, o domínio da semântica e da sintaxe, a cultura geral e a inteligência no entendimento dos sentidos.
A tradução literária é, para usar uma metáfora que ouvi a Hélia Correia, como transportar água nas mãos em concha de um lugar para o outro. Por mais que se estreitem os dedos, perde-se sempre alguma coisa (as traduções que melhoram o original como as de Hölderlin, Rilke, Celan ou Borges são excepcionais).
O essencial é, pois, reduzir as perdas, manter o leitor na ilusão de que quem escreveu aquelas palavras, foi o próprio autor que provavelmente desconhece a língua. Na verdade, quem escreveu o D. Quixote que publicámos foi José Bento – e, no entanto, ao lê-lo, temos a sensação de estar debruçados sobre um texto escrito por Cervantes. O mesmo se poderia dizer de Em Busca do Tempo Perdido na tradução de Pedro Tamen, ou da Ilíada e Odisseia que Frederico Lourenço traduziu.
Para tornar possível esta convenção tacitamente aceite pelo leitor, essa «suspensão voluntária da incredulidade» de que falava Coleridge em relação à ficção, é necessário que os tradutores conheçam a estrutura interna da língua de partida, tenham um completo domínio do português e conheçam o estilo do autor de modo a poderem elaborar um duplo do texto original. Só assim é possível recriar a linguagem e o humor seiscentista de Cervantes, manter a sensação de nostalgia nas longas frases de Proust e ouvir, nos versos de Homero, o estrépito dos combates travados pela conquista de Tróia e o ardiloso regresso de Ulisses a Ítaca.
Ora em Portugal, apesar da crescente necessidade de tradutores criada pela integração europeia e a globalização, não se verifica ainda uma aprendizagem significativa de línguas como o mandarim, o hindu, o russo, o árabe, o japonês, o turco, o finlandês ou o sueco.
Mas até nas línguas ensinadas há problemas.

Tudo começa no ensino
Muitos candidatos a tradutores saídos das faculdades de letras ou dos mestrados do ISLA, dominam razoavelmente o inglês, castelhano, francês ou alemão. Conhecem também, em geral, as diferentes concepções sobre tradução, dos textos de S. Jerónimo ao Dizer Quase a Mesma Coisa de Umberto Eco, passando pelas teses sobre essa «fala pura» que subjaz às línguas de Walter Benjamin, a Paixão Crítica de Octavio Paz e o Depois de Babel de Steiner (há ainda contributos de Schleiermacher, Ortega, Nabokov, Hermann Broch e Javier Marías para aquilo que só forçando a nota se poderia designar por uma teoria da tradução). Muitas dessas ideias são importantes, sobretudo as daqueles que, mesmo sem experiência prática, são capazes de dar múltiplos exemplos como o poliglota Steiner ou que têm uma longa oficina de tradução como João Barrento e que é bem evidente em O Poço de Babel. E, por maioria de razão, é útil conhecer as concepções dos que não apenas traduziram, como Walter Benjamin, mas acompanharam, como Umberto Eco, o trajecto dos seus livros nas mais diversas línguas negociando as inevitáveis perdas e definindo limites interpretativos.
A verdade, porém, é que, apesar desse conhecimento das línguas de partida e do domínio das mais diversas experiências, são raros os bons tradutores de literatura mesmo do inglês, castelhano, italiano e francês.
É que no nosso ensino, os alunos não têm de ler vários livros por mês desde o básico, nem de escrever textos mais tarde discutidos, nem de estudar os clássicos portugueses. E só isso poderia assegurar um adequado domínio das possibilidades expressivas da língua.
Dentro de alguns anos haverá inúmeros portugueses a escrever e falar o anglo-americano. Se deles surgir uma dezena de bons tradutores de Jane Austen ou Cormac McCarthy seria excelente.
É também significativo que, apesar de ter havido milhares de portugueses que estudaram na URSS ou na Alemanha, tenhamos apenas três ou quatro tradutores de russo e meia dúzia de bons tradutores do alemão.

Uma actividade mal paga?
Claro que, chegado aqui, qualquer candidato a tradutor pensará: «Muito bem. É preciso dominar pelo menos duas línguas, ter conhecimentos de semântica, de sintaxe e de estilo e mesmo uma “apaixonada cumplicidade” com o autor. E tudo isto por uns míseros euros por página?»
O trabalho do tradutor literário é de facto mal pago em termos absolutos, mas não em relação aos outros participantes na actividade editorial.
Vejamos o exemplo de um livro traduzido com 340 páginas (nas de tradução, com 1800 bites, serão cerca de 400) e que na livraria custa 15€, tendo uma tiragem de 2000 exemplares e vendendo 1500, o que são valores habituais.
O tradutor recebe por página, de 8€ (casos do inglês, castelhano, italiano ou do francês) a 12€ (russo e alemão), pelo que consideraremos o valor intermédio de 9€. Por cada exemplar vendido, as principais livrarias recebem 38 por cento, o distribuidor 22 por cento, o autor 8 por cento, o tradutor 16 por cento e o editor 16 por cento. Se a tiragem se esgotar, a percentagem do tradutor desce para 12 por cento. Mas é preciso ter em conta que só o autor (no valor da «antecipação») e o tradutor recebem antes da edição e que este último é o único cujo pagamento não depende do número de exemplares vendidos (situação só alterada para certos clássicos no domínio público ou em casos de reedição). O editor e o distribuidor começam a receber pagamentos, em média, três meses após a edição.
Mesmo assim, é preciso que um bom tradutor goste de literatura para fazer dela o seu ganha pão. De outro modo é preferível financeiramente voltar-se para as instituições comunitárias ou nacionais e as revistas técnicas – embora, é claro, existam romances tão áridos como as estatísticas da produção leiteira na Polónia, brilhantes como os catálogos da Gulbenkian e intrincados como as performances de um automóvel.

Um trabalho criativoProblema diferente é o de reconhecimento do papel dos tradutores, cuja associação, a APT, tem um funcionamento intermitente. Embora sejam equiparados a autores na legislação e os seus nomes figurarem nas páginas de rosto e por vezes nas capas dos livros, vêem poucas vezes analisado o seu trabalho. Ainda é frequente, nas críticas e recensões, não ser sequer mencionado o nome do tradutor. E, no entanto, sem eles não poderíamos ter lido Shakespeare, Cervantes, Tolstói, Rilke, Musil ou Faulkner na nossa língua. Benjamin, Octavio Paz e Steiner consideraram mesmo a tradução algo de muito semelhante à criação literária (Steiner abençoa mesmo a Torre de Babel, por ter multiplicado as línguas e por isso os modos de sentir, embora considere que todo o movimento de significados, até a mais banal das conversas, implica um acto de tradução).
E é também sabido que as línguas inglesa, alemã e francesa foram moldadas pelas traduções da Bíblia feitas por Tyndale, Lutero e Calvino.
Como escreveu Javier Marías: «O tradutor, ao enfrentar a sua tarefa, sente o texto original como uma ausência. O que conta para ele e para o seu trabalho é a ausência desse texto na sua língua, na chamada língua de recepção, e por isso no sistema de pensamento dessa língua. O tradutor não reproduz, não copia, não decalca (…). Plasma sempre pela primeira vez uma experiência única, irrepetível e intransferível; cria na sua língua aquilo que na sua cabeça está noutra língua.»
Francisco Vale

quarta-feira, 20 de julho de 2016

O Dia do Amigo e a fábula do Pequeno Príncipe




Hoje, dia 20 de julho, se comemora o Dia do Amigo. A data é comemorada no Brasil, na Argentina e no Uruguai, mas em 2011 a Assembleia Geral das Nações Unidas convidou todos os países a celebrarem esta data em 30 de julho, dentro do projeto da “Cultura da Paz”. Várias celebrações similares são vistas em distintos países da América do Sul e Europa em diferentes datas.
Um dado histórico sobre o Dia do Amigo é a “Cruzada Mundial da Amizade”, com o objetivo primordial de fomentar a cultura da paz, valorizando os laços de amizade entre os seres humanos e idealizada em 1958 pelo médico Ramón Artemio Bracho no Paraguai. Na Argentina, o médico Enrique Ernesto Febbraro propôs o dia 20 de julho, data da chegada do homem à Lua, pois, segundo ele, este feito demonstra que, quando unidos, não há objetivos impossíveis para os homens.
No Brasil a data não foi institucionalizada por lei, mas é amplamente difundida e comemorada. E quem não viu inúmeras manifestações de amizade nas redes sociais no dia de hoje? Isso é uma prova de que no ideário popular hoje é um dia especial.
E, falando em “amigo”, um nome que é sempre “lembrado”, ao menos difundido em mensagens de forte caráter emotivo, é o do menininho enigmático de cabelos cor de ouro e que que habita o asteroide B 612, chamado de “O Pequeno Príncipe”.
Este personagem, que dá nome ao livro, foi criado pelo escritor, ilustrador e piloto francês chamado Antoine Jean-Baptiste Marie Roger Foscolombe, popularmente conhecido como Antonie de Saint-Exupéry, em 1943 e é, sem dúvida, o livro de maior sucesso do autor.
Um detalhe sobre Antonie de Saint-Exupéry e que, talvez, poucos admiradores da sua obras saibam, é que o mesmo desapareceu em um voo sobre o Mar Mediterrâneo em 31 de julho 1944 (um ano após o lançamento de seu livro), quando combatia os alemães, pela França, durante a segunda Guerra Mundial. Em 2004, os destroços do avião que pilotava foram achados a poucos quilômetros da costa de Marselha, porém seu corpo nunca foi encontrado.
A maioria de suas obras foram caracterizadas por alguns elementos em comum, como a aviação e a guerra. Antonie escreveu diversos artigos para várias revistas e jornais da França e outros países, sobre a guerra civil espanhola e a ocupação alemã da França, motivo pelo qual, para muitos, era difícil imaginar que um livro assim pudesse ter sido escrito por um homem como ele. Dentre suas obras estão: O aviador (1926); Correio do Sul (1928); Voo Noturno (1931); Terra de Homens (1939); Piloto de Guerra (1942); O Pequeno Príncipe (1943); Cartas a um refém (1944); Cidadela (obra póstuma - 1948).
No livro de Renée Zeller, A vida secreta de Antonie de Saint-Exupéry (Madras, 2006), o biografo relata que:
 
Desde cedo, sentiu uma grande vocação para a aventura. Foi aluno problemático no Colégio de Jesuítas Notre Dame de Saint Croix, freqüentemente castigado pelo desinteresse nos estudos e punido pela desordem no material escolar. Sua maior ambição era ser oficial da marinha, mas ao ser reprovado no exame de admissão, optou pela aviação. Ao ser chamado para o serviço militar, alistou-se no 2º Regimento de Aviação de Caças, em Neuhof, perto de Estrasburgo. Seis meses de instrução em Rabat fizeram dele um piloto de guerra com graduação de segundo tenente. (fonte: saraiva.com.br)
 
Repleto de frases tocantes, a fábula de Saint-Exupéry foi traduzida para mais de 250 idiomas e dialetos e teve mais de 150 milhões de cópias vendidas em todo mundo, além de 16 adaptações laçadas para TV e cinema.
“O Pequeno Príncipe” é uma obra aparentemente simples. Aparentemente!
Ainda que tenha sido criada como uma obra infantil, Le Petit Prince, título original francês, possui forte apelo psicológico, com personagens complexos e simbólicos como: o rei, que pensava que todos eram seus súditos; o contador, que não tinha tempo para sonhos; o geógrafo, que se achava intelectual, mas não sabia a geografia do próprio país; o bêbado, que bebia para esquecer a vergonha de beber; a raposa, que lhe ensinou o sentido de amizade; a rosa, que era bonita porém muito vaidosa; a serpente e, é claro, o menino que vive sozinho em um minusculo “planeta” que tem apenas três vulcões, sendo dois deles em atividade, e uma bela flor. É só o que se sabe sobre o planeta do Principezinho!
O autor do livro é o personagem principal da história, e assume o papel de narrador.
Tudo começa no dia em que seu avião caiu no meio do deserto do Saara. O narrador tenta consertar seu avião, mas exausto e sem conseguir fazê-lo, adormece e ao despertar encontra um menino que o pede para desenhar um carneiro numa folha de papel. É a partir daí que o Pequeno Príncipe começa a narrar sua viagem até a Terra e as aventuras pelas quais passou até chegar ali. O relato das fantasias de uma criança como as outras, que questiona as coisas mais simples da vida com pureza e ingenuidade criou frases belíssimas e que fazem da obra de Saint-Exupéry uma das mais conhecidas, até para quem não a leu!
 
“O essencial é invisível aos olhos, e só se pode ver com o coração”
“Foi o tempo que dedicaste à tua rosa que a fez tão importante”
“Se tu vens, por exemplo, às quatro da tarde, desde às três eu começarei a ser feliz”
“As pessoas são solitárias porque constroem muros ao invés de pontes”
“É loucura odiar todas as rosas porque uma te espetou”
“Tu te tornas eternamente responsável por aquilo que cativas”
 
É através da reflexão de valores e das experiências vividas pelo Pequeno Príncipe, que o leitor é levado a repensar seus julgamentos equivocados que o colocam em um local sombrio: a solidão. Além disso, o leitor é convidado a reviver sua infância, e a maneira como tornou-se um adulto preocupado unicamente com questões diárias, distanciando-se da criança que ainda carrega dentro de si.




terça-feira, 19 de julho de 2016

Griselda - Amparo Dávila



La muchacha rubia se detuvo unos instantes, indecisa, frente a la puerta entornada, pero se decidió por fin a entrar. No dejó de extrañarle el total abandono del jardín, donde apenas se podía caminar por la maleza que todo lo invadía, hasta el sendero que llevaba hacia la casa, que se veía al fondo entre los altos árboles. Las plantas crecían desordenadamente: sin duda hacía tiempo que no habían sido podadas. El sol de las cuatro de la tarde era abrasador, deslumbrante, y la muchacha tenía que colocarse las manos a modo de visera para poder caminar. Un pájaro que voló a su paso la hizo sobresaltarse, y el suéter negro se quedó prendido entre las ramas espinosas de un rosal de Castilla. Lo desprendió con todo cuidado para no romperlo y resolvió llevarlo sobre el brazo. Se sentía nerviosa por haber penetrado en esa finca de una manera tan incorrecta; pero no había resistido la tentación de conocer la vieja residencia que ella siempre veía cerrada y probablemente sola, cuando pasaba en su diaria caminata hacia el correo de San Jerónimo. Esa, si se la podía llamar pequeña aventura, era instantes la monotonía de su existencia, reducida a oír las eternas lamentaciones de su madre. En eso pensaba la muchacha rubia cuando llegó hasta la orilla de una alberca, que las plantas y los árboles ocultaban. Una mujer vestida también de negro se encontraba sentada en una banca bajo la sombra de un álamo. Al descubrirla, la muchacha pensó regresarse; pero la mujer ya se había percatado de su presencia, a causa de la ruidosa hojarasca.
—Perdone usted, señora, que haya entrado así, pero no resistí la curiosidad de conocer esta finca, que siempre, me ha intrigado por su soledad.
—Desde hace; años está abandonada, yo soy la única que viene de vez en cuando pero, no se vaya, quédese un momento a platicar; por favor, siéntese usted.
La joven titubeó y quiso inventar alguna disculpa: "sería bastante descortés no aceptar, después de haber entrado así..." Y se sentó en el extremo de la banca.
—Me llamo Griselda —dijo por toda presentación; la mujer que usaba unas gruesas gafas oscuras.
—Yo, Martha —correspondió la muchacha, y comenzó a observarla de reojo. Debía tener cincuenta; años o más. El cabello canoso conservaba aún algunos mechones negros. No usaba maquillaje y las gafas impedían apreciar bien sus facciones. Sin embargo, se podía advertir que aún era una mujer guapa, una mujer que debió ser muy hermosa.
—Uno siempre vuelve al sitio de sus recuerdos —dijo Griselda, como si tratara de explicar su presencia en aquella finca abandonada.
—Es verdad —contestó Martha—. Nosotros, es decir mi madre, se empeña en buscar los recuerdos de papá. Él murió hace poco tiempo.
—Cuánto lo lamento.
—Mi madre está inconsolable y quiso que nos viniéramos una temporada aquí, en donde pasábamos siempre las vacaciones y que a papá tanto le gustaba. Pero, más que otra cosa, yo sé que mamá quiere estar lejos de la ciudad y de todos. Usted sabe, yo a veces temo que ella...
—Sí, es duro y muy difícil resignarse a esas pérdidas, yo lo sé.
—Yo también he sentido mucho a papá, pero… yo tengo esperanzas, proyectos, planes, en cambio, ella...
—Se termina todo para siempre, no queda nada ni nadie. Yo también perdí a mi marido.
Martha no supo de pronto qué decirle, conmovida por aquel tono de voz estremecido, y la desolación total que las palabras revelaban. Recordó la noche cuando su prima telefoneó para avisarle que Ricardo había muerto en Nueva York. Todo se había detenido en aquel instante, como si el tiempo y la vida misma se pararan de golpe. Se había quedado anonadada, sin saber qué hacer, qué pensar... Reparó entonces en el largo silencio en que había caído y trató de disculparse:
—Mi primer novio murió, murió repentinamente. Nos conocíamos desde niños y fue un golpe terrible.
—También él murió cuando yo menos lo hubiera creído. Era aún bastante joven, y nos queríamos de una manera tan...
— ¿Fue hace mucho tiempo?
Griselda no la oyó. Se había quedado ensimismada.
—Le voy a mostrar su retrato —dijo de pronto, como si volviera de muy lejos, y se quitó con manos temblorosas un medallón.
Al abrirlo, Martha encontró dos miniaturas notablemente logradas. El retrato de .un hombre y el de Griselda. Los dos eran jóvenes y hermosos; sobre todo ella con enormes ojos de un extraño color, azul, gris, verde. Un color increíble de humo verde azul. El cabello oscuro le caía sobre los hombros enmarcando un óvalo perfecto, y los extraordinarios ojos que Martha no podía dejar de admirar.
—Una bella pareja, y las copias muy fieles —y sintió que algo, por dentro, le dolía al contemplar a la mujer de ahora.
—Él fue muy guapo. Tanto, que las mujeres se volvían en la calle para mirarlo.
—Y usted también, señora, y qué ojos más increíbles los suyos, con un color como no he visto otros —dijo Martha al regresarle el medallón.
—A él también le encantaban.
— ¿Fue hace mucho tiempo? —y al terminar la pregunta Martha reparó que era la segunda vez que la hacía.
—Sí, hace años. Estábamos aquí en esta finca, a donde veníamos a pasar el verano. Entonces había muy pocas residencias y no existía carretera; se sentía uno en pleno campo, lejos de la ciudad.
—Así me siento yo ahora, desconectada por completo de mis amigos y de mis actividades; en un aislamiento que me deprime terriblemente.
—Yo fui muy dichosa en este lugar, nunca lo olvidaré...
—En cambio para mí ha sido una verdadera tortura, sin tener qué hacer ni adonde ir; oyendo todo el día las constantes lamentaciones de mamá, o mirándola llorar sin consuelo. Hay veces que no soporto más, y me desespera no poder hacer nada, nada... Por eso salgo por las tardes, aprovechando que ella duerme un poco después de comer y son las únicas horas en que descansa, porque pasa toda la noche en vela, recorriendo la casa entre sollozos. Cuando salgo voy al correo a dejar las cartas que le escribo a mi novio que está en Mérida.
— ¡Pobrecita!, es muy pesado a su edad pasar por estas situaciones. Cuando se es viejo, uno vive ya sólo de sus recuerdos, los persigue queriendo recuperarlos, como si fueran los pedazos de un objeto roto que se quisiera reconstruir.
Martha la escuchaba hablar y pensaba en la injusticia que su madre cometía con ella, al condenarla a ese aislamiento absurdo. Ya tenía bastante con haber perdido a su padre; y miraba el estanque invadido de lirios acuáticos.
—Por eso mismo no me he hecho el ánimo de vender esta finca. Aquí lo vi por última vez, aquí quedaron tantas cosas.
—Mi padre murió en México, pero mamá dice que en este lugar tiene muy bellos recuerdos y, además, como no quiere ver a nadie...
—Mi único deseo sería quedarme aquí. Sin embargo...
—¿Nunca más ha vuelto a vivir en este lugar?
—Nunca más. Sólo en tardes como ésta en que me escapo sin avisarle a nadie.
—Deben haber sido muy duros todos estos años.
—No se puede usted imaginar cuánto —dijo la mujer con voz entrecortada—. Cuando lo vi muerto pensé que ya no sería posible sufrir más; después...
—¿Y no hay posibilidad de olvidar, que con el tiempo la memoria sea menos persistente y aminore la intensidad del dolor?
—No, eso sería lo más terrible de todo, lo inadmisible. Esta búsqueda continua de recuerdos, de pequeñas cosas como un olor, un sonido, o una palabra, que reconstruyan dentro de uno lo que se ha ido, es lo único que nos queda, lo único que sostiene y ayuda a seguir viviendo.
—Así piensa también mamá.
—Siempre que vuelvo aquí regreso deshecha, casi muerta. Es por eso que no me dejan venir. Cada vez revivo todo lo que pasó aquella tarde, escucho sus palabras de despedida, lo veo partir.
—¿Se fue lejos?
—No, a México solamente. Hacía el trayecto a caballo, era un estupendo jinete. Esa vez..., esa vez yo me pasé la tarde aquí junto al estanque, bordando, hasta que anocheció. Después me fui a la casa a disponer la cena para esperarlo. Comenzó a llover. Llovía torrencialmente como llueve siempre en este lugar, y él no regresaba...
El sol estaba ocultándose; se iba la tarde. Martha miró el reloj con disimulo. Eran pasadas las seis. Su madre ya debía de haber despertado de la siesta, y la estaría esperando muy intranquila. Nunca tardaba tanto, pero ¿cómo irse ahora? No podía interrumpir el relato de la mujer.
—...yo estaba muy inquieta, como nunca lo había estado antes, con una extraña nerviosidad, como si presintiera algo. Dieron las diez, las once, habíamos recalentado la cena varias veces. Él no llegaba y seguía lloviendo, lloviendo sin cesar...
El viento refrescó la tarde y traía el perfume de los jazmines y las madreselvas. El crepúsculo se desmadejaba entre los altos árboles.
—... los relámpagos surcaban el cielo ennegrecido; no se oía el galope de su caballo, aquel galope que yo conocía hasta en sueños. Esperaba impaciente, cada vez más agitada, con un desasosiego que me roía las entrañas. De pronto entraron los mozos con él, bañado en sangre...
La voz de Griselda se deshizo en sollozos que estremecían todo su cuerpo. Martha la contemplaba muy perturbada. Hubiera querido estar ya de regreso en casa con su madre. Hubiera querido no haber entrado nunca en aquel lugar.
El olor de los jazmines y de las madreselvas comenzaba a ser demasiado fuerte, tanto que, de tan intenso, se iba tornando oscuro y siniestro, como la tarde misma y los árboles y el agua ensombrecida del estanque.
—El caballo se había asustado con un rayo —dijo Griselda recomponiéndose un poco— y lo estrelló contra un árbol.
—¡Qué terrible! —fue lo único que supo decir Martha.
—Aquella noche decidí arrancarme los ojos... -y se llevó el pañuelo a boca ahogando un grito.
También Martha había pensado hacer muchas cosas aquella noche, cuando se enteró que Ricardo había muerto en Nueva York: tirarse por la ventana, tomar pastillas, aventarse al paso de un tren…
—En esos momentos uno piensa en hacer tantas cosas absurdas. Es natural.
—...me arranqué los ojos y los arrojé al estanque para que nadie más los viera —decía Griselda quitándose las gafas y cubriéndose el rostro con el pañuelo para sollozar sordamente.
Así permaneció minutos o siglos, una eternidad, mientras el viento movía las hojas de los árboles y era como otro largo sollozo que la acompañaba.
Martha no deseaba ahora sino huir cuanto antes de aquella mujer, del trágico jardín ya en sombras y del denso perfume que la envolvía.
—Debo irme, señora, ya es muy tarde —dijo poniéndose de pie y tocando suavemente el hombro de Griselda—, mi madre ha de estar preocupada por mí.
La mujer dejó de llorar y alzó la cara. Martha contempló entonces un rostro transfigurado por el dolor y dos enormes cuencas vacías; mientras los ojos de Griselda, cientos, miles de ojos, lirios en el estanque, la traspasaban con sus inmensas pupilas verdes, azules, grises, y después la perseguían apareciendo por todos lados como tratando de cercarla, de abalanzarse sobre ella y devorarla, cuando ella corría desesperada abriéndose paso entre las sombras vivas de aquel jardín.
 


Grandes nomes da literatura hispano-americana: Amparo Dávila



Amparo Dávila nació en 21 de febrero de 1928 en Pinos, México. Ganadora de Premio Xavier Villaurrutia em 1977, estuvo casada con el pintor, escultor y dibujante mexicano Pedro Coronel. Fue la única sobreviviente entre sus hermanos debido a que su hermano mayor murió al nacer, el siguiente murió de meningitis y el último murió durante su infancia. Aprendió a amar la lectura a muy temprana edad pasando el tiempo en la librería de su padre. A los siete años se traslada a San Luis Potosí para estudiar la primaria y secundaria. Su infancia fue marcada por el miedo, un tema que aparece en algún número de sus trabajos futuros como autora. Su primer trabajo Publicado fue “Salmos bajo la luna” en 1950, seguido por “Meditaciones a la orilla del sueño” y “Perfil de soledades” en 1954. En ese mismo año se mudó a la ciudad de México donde trabajó como secretaria de Alfonso Reyes. En 1966 fue parte del Centro Mexicano de Escritores donde recibió una pensión para seguir escribiendo. En el 2008, Dávila fue reconocida por el Palácio de Bellas Artes.

Dávila es conocida por su uso de temas de locura, peligro y muerte, generalmente relacionados con una mujer como protagonista. Muchos de ellos parecen tener desórdenes mentales con tendencia a la violencia física. Muchas veces la mujer no es capaz de escapar de la locura como una forma de sobrellevar las decisiones tomadas. Ella también juega con la idea del tiempo como un símbolo de lo que no se puede cambiar.

Los personajes femeninos de sus relatos han llamado la atención de la crítica, aun cuando varios de sus protagonistas son varones. En ambos casos, sin embargo, destaca tanto lo frustrado de las relaciones interpersonales (noviazgos que no llegan a culminar en casamiento, parejas infelices, matrimonios asfixiados por la rutina) como el deseo ardiente y no satisfecho de contar con una pareja. 

Acerca del proceso creativo y la relación con el autor la encontramos en Los narradores ante el público: "No creo en la literatura hecha a base de inteligencia pura o la sola imaginación, yo creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, lo que hace que la obra perdure en la memoria y en el sentimiento"

En septiembre de 2013, Amparo fue homenajeada por el noveno encuentro de escritores, Literatura en el Bravo, siendo la primera mujer que recibe este galardón por dicho encuentro.

 fuente: Wikipedia.org.es